Shigeki Hayashi, nacido en 1972 en la prefectura de Gifu, desarrolla una de las líneas más singulares de la cerámica contemporánea japonesa. Trabaja con porcelana colada, un proceso lento y meticuloso que le permite construir figuras infantiles de acabado impecable, casi industrial. Esa apariencia limpia es el anzuelo: bajo la superficie aparece un cuerpo híbrido, mitad humano mitad dispositivo, que plantea un futuro donde no distinguimos del todo la materia viva de la fabricada. Su imaginario nace del anime y el manga que marcaron su infancia, pero su obra va más allá de la cultura pop. En cada figura se intuye una reflexión sobre identidad, tecnología y vulnerabilidad. Hayashi utiliza la fragilidad de la porcelana como paradoja: los “niños-máquina” transmiten solidez mecánica, pero siguen siendo frágiles, como si el avance tecnológico no eliminara la condición delicada de lo humano.
Escala y tensión: la gramática del soporte
Identidad en modo ensamblado
En un momento en el que la cerámica vuelve a ocupar un lugar central en la conversación artística global, el trabajo de Hayashi destaca porque no se limita a reinterpretar la tradición: la desplaza hacia escenarios futuros, especulativos, donde la forma infantil y la estética robótica conviven sin conflicto. Su obra abre una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué quedará de nosotros cuando la tecnología deje de ser herramienta y empiece a ser parte del cuerpo?
