Chiara Berta, nacida en Parma en 1975, concibe la cerámica como un lenguaje estructural más que como una simple técnica material. En su taller de Emilia-Romagna, la artista desarrolla un cuerpo de trabajo que asume el volumen como un territorio en tensión continua entre estabilidad, vacío y gesto. No se acerca a la arcilla como un medio para replicar formas tradicionales ni para producir objetos decorativos; su enfoque es más radical y más íntimo. Entiende la cerámica como un sistema de relaciones espaciales, una manera de pensar con las manos y de construir ideas desde la materia misma.
Su formación en escenografía deja una huella clara en la manera en que organiza la presencia del objeto en el espacio. Las piezas no se presentan como objetos aislados, sino como arquitecturas contenidas, pequeñas estructuras donde la línea, el equilibrio y el vacío funcionan como actores principales. Hay en su obra un orden silencioso, una especie de respiración controlada que se mantiene incluso cuando la superficie muestra irregularidades, marcas de modelado o fragmentos ensamblados con alambres de hierro. Estos elementos no actúan como gestos decorativos; son parte del lenguaje que sostiene la pieza, una forma de dejar visible tanto el proceso como la estructura interna de la obra.
Su producción se mueve en un cruce interesante entre arte, diseño y artesanía. No porque combine elementos de cada ámbito, sino porque los cuestiona desde una posición híbrida. No se instala en la tradición, pero tampoco la rechaza frontalmente. Prefiere examinarla desde dentro, ponerla a prueba, desajustarla. La cerámica, en su obra, no es un medio que se mantiene estable; es un territorio que se revisa con cada pieza. En ese sentido, Berta plantea una reflexión sobre cómo entendemos la artesanía: no como repetición de un saber antiguo, sino como un sistema que puede actualizarse sin perder la memoria de su origen.
Uno de los aspectos más interesantes de su trabajo es la manera en que concibe el fragmento. En lugar de considerar la pieza como un bloque único, entiende que la composición puede construirse a partir de partes, uniones visibles y tensiones entre elementos. Los alambres de hierro que utiliza para ensamblar algunos fragmentos funcionan como evidencia de ese método. No se ocultan. No pretenden ser invisibles. Forman parte del discurso estructural, como si la cerámica necesitara recordar que también puede ser frágil, que la consistencia del objeto depende de la relación entre sus partes. Esta forma de trabajar introduce un matiz casi arquitectónico en su obra: la estructura queda expuesta, pero no pierde cohesión.
El vacío también tiene un papel determinante. No es un hueco pasivo, sino un espacio activo que equilibra el volumen. Sus piezas parecen construirse en diálogo con el aire que contienen o del que se rodean. En algunos casos, el vacío funciona como una especie de segunda piel, una zona de silencio que permite que la pieza respire. En otros casos, actúa como contrapunto, generando tensión entre la masa y la ausencia. Esta sensibilidad espacial, herencia de su formación en escenografía, convierte cada obra en una escena contenida, una situación más que un objeto.
Berta no trabaja desde la espectacularidad ni desde la grandilocuencia. Su obra requiere una mirada lenta, sostenida. No busca impresionar, sino sugerir, desplazar, activar preguntas sobre la manera en que construimos significado a partir de la materia. Esta cualidad la sitúa en un territorio singular dentro de la cerámica contemporánea, donde muchos artistas se mueven entre la recuperación de técnicas tradicionales y la experimentación formal. Berta opta por algo distinto: una investigación silenciosa pero profunda sobre cómo un objeto puede reflejar estructura, gesto y memoria sin recurrir a artificios.
En un contexto donde la cerámica está recuperando relevancia dentro del arte contemporáneo, la obra de Chiara Berta destaca por su claridad conceptual y su precisión formal. No propone respuestas cerradas, sino que invita a observar cómo la forma, el vacío, el tiempo y el fuego pueden convertirse en un lenguaje propio. Un lenguaje que no explica, sino que contiene. Un lenguaje que no repite, sino que piensa. Un lenguaje que, al final, vuelve a la arcilla como si fuera la fuente primaria de todas las ideas posibles.
